los vecinos

en un contenedor que hay cerca de mi casa vive un vagabundo. todas las mañanas lo veo alimentar a sus cuatro gatos y regar una lavanda que tiene plantada en una lata de duraznos. cuando paso cerca lo miro, a los ojos. creo que es el hombre más feliz del mundo.

la tardenoche en buenos aires


a las siete y media empezaron a caer las primeras gotas. diaz despidió a su jefe y se metió al ascensor con victor y sonia. los planes eran cine o happy hour.
-mil disculpas, tengo visitas en casa.
diaz era un bicho raro, no le gustaba la gente. saludó a sus compañeros y se dejó mojar un poco por la garúa de tardenoche que era un alivio para la humedad que le pegaba la camisa al cuerpo. camisa arremangada y humedad buenos aires, lo único que se puede hacer en un día así es tomar una cerveza. solo, como todos los días.
el bar se llama El Mudo y a diaz le gusta por tres razones: el azúcar se sirve en terrones / el mozo se llama mario / nadie se mete con nadie.
diaz se sentó pegado a la ventana que da a florida, y mario lo recibió con la cerveza en la mano.
-que día de perros.
-sí, por lo menos mañana tendremos tema de conversación.
simple y conciso, eso le gustaba a diaz.
afuera empezaba a llover más fuerte. diaz tomó un trago largo y miró el chop agradecido. la humedad se deja llevar mejor con una cerveza fría -pensó- es como la sombra para la soledad.
ahora solo quedaba mirar a la calle, esperar a que se vaya deshabitando florida y a eso de las nueve volver al departamento. solo, con la sombra.
afuera era lo de siempre, señoras, ladrones, vendedores ambulantes, yuppis, perros y carteles. pero hoy llovía y ahora es torrencial. por suerte adentro no. otro trago y agradeció de nuevo. lo que sí, la vuelta iba a estar jodida. esperemos a que pare. por suerte esperar es fácil, le gente se comporta raro con la lluvia, y observarla es buen pasatiempo. más en buenos aires, más en el bar.
la cuestión es que el florista desalojó su puesto en tiempo record, y salió corriendo perdiendo algunas margaritas en el camino. algunos yuppis apurados corrían con los maletines sobre las cabezas protegiéndose del agua. la tormenta no cesaba, no daba respiro, y la impaciencia entre los amontonados en palliers y galerías se hizo notar. la primera valiente iba de botas. corrió entre los charcos seguramente rumbo a un estacionamiento o un taxi. la siguieron varios, algunos precavidos con paraguas, otros improvisados con bolsas de consorcio. la calle estaba repleta de valientes que huían de la lluvia como si ella no pudiese mojarlos. entre las corridas se ve a la señora de botas juntando las cosas de su cartera, seguramente un resbalón. en el suelo están desparramados los cosméticos y billetes y tarjetas y fotos y la gente corre como si nada pisando las margaritas. en ese momento se escucha un trueno y la señora se desespera más y un perro empapado olfatea sus cremas, la señora se queja y entre las corridas dos señores que chocan con los peligrosos paraguas ahora se empujan y protestan y la sangre aparece en segundos, la gente corre y uno de los yuppis rompe una botella para la pelea, el perro pisa los vidrios y queda tumbado. forcejeos y un hombre tropieza con el perro y la sangre en las margaritas, la señora grita, ahora son unos chicos que corren con su billetera y no hay taxis, nunca hay taxis cuando llueve y el estacionamiento no te va a dejar irte sin pagar y dónde están las llaves del auto. el tipo le clava al otro la botella en la panza y esos paraguas negros a la altura de los ojos son tan incómodos que entre agachadas la gente se queja y corre y no ve lo que pasa, bufan y alguno quiere ayudar al perro pero mierda cómo llueve y los alaridos de la señora se pierden entre la lluvia que cada vez golpea más y más fuerte en las margaritas que se deshacen como la sangre en el cemento y por favor ayúdenme, me roban y otro corte en el brazo. la señora pide que la ayuden mientras la pelea es entre muchos que ni se distinguen entre ellos y un policía intenta separar, pero quién es el policía si todos están de azul o de gris o de negro, llueve y siempre de negro como el maletín que golpea en la cara al policía que cae sobre la señora que grita, y una patada a la cara del tipo vestido de policía y la señora grita de nuevo, porque no me puedo ir sin las llaves del auto y por dios esta sangre. la señora gatea hasta una galería y se abraza a las rodillas y ve como los tipos se patinan y golpean al aire entre sangre y el perro que agoniza vomitando sobre lo que quedó de las flores. ahora en la lluvia se escuchan macanasos del policía empapado envuelto en ira y en sangre y otro golpe a las piernas de un tipo de traje con la cara deshecha y roja y todos de negro o de azul, cubiertos de sangre que es la misma del perro que no se va a salvar, como las margaritas o como las cremas de la señora, que ahora se levanta desesperada y golpea los vidrios de un bar, pide ayuda a los alaridos golpeando las puertas de un bar donde nadie la socorre, donde no nos interesa, porque adentro no llueve y solo es cuestión de esperar. porque claro, siempre para, en algún momento la tormenta para y alguien limpia el desorden. total mañana la humedad es la misma y el tema de conversación también, ¿cómo llovió ayer viste? no sabés lo divertido que estuvo el happy hour.

5 postas al oscuro destino de un lobo con mala suerte

>en un pasillo hacia una puerta oscura camina una niña con una bolsa repleta de dulces que se caen marcando el camino que sigue un lobo a solo unos pasos con los ojos blancos y el olfato prendido a esos dulces que caen de la bolsa de una niña que camina rumbo a una puerta oscura que es la boca del lobo.

>en una bolsa se amontonan dulces que por una extraña fuerza caen rebalsados al suelo para dejar que un lobo alcance a una niña que lleva una bolsa con dulces.

>en unos ojos blancos descansan los sueños ciegos de un lobo hambriento de buen olfato y mala elección que sigue el dulce camino a una niña con una bolsa.

>en una capa roja se esconde una mujer disfrazada de niña con colmillos de lobo y una bolsa que colmada de veneno.

>en una puerta oscura se esconde el destino de un hombre que se enamoró de la mujer equivocada.

secretos de terraza

Lucas se despertó con los gritos de Laura. Hacía un rato se había quedado dormido al sol en la terraza del edificio y de pronto un portazo y la voz chillona de Laura se complotaban con el sol y la transpiración en los ojos para despertarlo sobresaltado.
- ¡acá estás hijo de puta! ¿te pensaste que no me iba a enterar?
Lucas se friega los ojos. Quiere creer que es un mal sueño. Pero no. La cartera es real. Duele. Lucas intenta zafarse y cae de la reposera. Laura continúa con los gritos y los carterazos.
- ¡pará! ¿qué hacés? ¡¡Estás loca!!
Desde el suelo Lucas se protege con los brazos aceitados y logra escaparse de la ira femenina. Queda arrinconado contra un bajo muro de ladrillos. Abajo, trece pisos. Típico.
Laura está de frente a él. Llora desalmadamente. "siete años lucas, siete años, tenemos un hijo lucas".
- dejame por favor que te explique.
- qué me vas a explicar! callate, por favor callate, sos un hijo de puta.
Laura tiembla y saca de la cartera un revólver. Lo apunta y Lucas abre los ojos como nunca.
- por dios Laura pará, calmate, qué estás haciendo.
- te dije que te calles.
Lucas se calló*, de una vez por todas. Laura dejo caer el arma. No tenía balas.









*nota del autor: unas líneas antes de terminar el texto la letra "i griega" se salió del teclado. La "ll" es una solución momentánea.

los poetas siglo XXI

fue por curiosidad a ver un encuentro de poetas. a él le gustaba escribir. simplemente.
una persona conocida de conocida de, lo conocía. sonriendo le dijo "subí, leé". él se puso nervioso ante la mirada atenta y expectante del resto. sonrió, subió y no leyó, dijo: "sepan disculpar mi tartamudez, se debe a los nervios. no estoy acostumbrado a hablar en público, mucho menos ante uno tan culto, talentoso, academizado, reconocido y sin faltas de ortografía. aunque no quiera, este marco repercute en mi voz, será un trauma psicosocial, una sugestión de sentimientos encontrados, el desvelamiento de mi ser y la aprobación de los otros. discupen si no me hago entender, seguramente no tenga las herramientas suficientes para expresarme tan sutil y hermosamente como ustedes, ¡dios! que maravilla ha sido escucharlos, realmente no sé que hago acá parado. prefiero no leer, no estoy seguro de hacerlo. no porque no crea en mis palabras, sino porque siento que les estaría faltando el respeto. a las palabras, claro. les soy franco, en su momento las escribí por placer y creo que ahora, en mi caso, solo las utilizaría por reconocimiento. sería como sentarme en ese sillón, cruzar las piernas y con café en mano elogiar a miles davis. realmente no tengo ninguno de sus discos y voy a sentirme un mentiroso, porque sé que ustedes sí los tienen y realmente les gusta, por eso lo dicen. nuevamente me disculpo por no sentirme con el porte necesario y les agradezco enormemente la posibilidad tan amable que me brindaron de mostrar lo que me gusta hacer. muchas gracias".
las personas lo miraron de una forma extraña y no aplaudieron. él se sintió mal, había sido muy educado y había aplaudido a cada uno. quizá no entendieron su concepto, pensó; aunque seguramente era él quien no había sabido explicarlo. todos habían leído esas hermosas poesías y él subió con ese texto, tan falto de género y aprendido de memoria.
culpa suya sintió que se había generado un ambiente tenso e incómodo para todos. no entendía el por qué. prefirió irse. se quedó con ganas de comprar algún libro, había ido con esa intención, la de comprar un libro de estos nuevos, talentosos y reconocidos poetas.

los ecos

el paso de los días
va dejando maletas
ocupando habitaciones
)sin puertas ni ventanas(
de la memoria

y son momentos
-sonrisas
cicatrices-
son la sombra de un sauce
son la pelota en el patio
el eco, el tendal
la pared blanca
(descascarada)


el paso de los días
y sus arrugas
van soplando burbujas
-se agrupan
se dispersan-
en el vacío sin tiempo

pasan pero se quedan

y el almanaque
donde existía aquel tendal
-el patio
la pared blanca-
hoy moja mis manos
levemente
es un húmedo eco
que el aroma a sauce
trajo rebotando
a mis ojos descascarados

Las cerohoras en una noche estrellada

Escuché como los cuatro amigos deliraban teorías sobre las teorías. Era pasada la medianoche y ellos seguían acomodados en sus reposeras mirando el cielo diciendo cosas como:
_A lo mejor eso de ahí arriba es una cápsula negra enorme y las estrellas son las aberturas por donde podemos salir.
_Mirá si todo eso es una pantalla o un simple decorado de estudio y por años científicos y astrónomos nos vendieron una vía láctea.
_Capaz somos un gran hermano para extraterrestres.
_En ese caso tenemos la capacidad de ver por sobre la mano y reinventarnos todo el tiempo.
_¿Por crear un gran hermano o el sims?
_Claro, un show de truman donde todos somos truman pero no nos damos cuenta porque es en infinitas escalas, como un fractal.
_Para algunos todo es una ecuación. Estoy seguro de que algún matemático busca el signo mínimo que abarque todo el abanico.

Se quedaron callados.

Largos segundos después, uno de los jóvenes que no había comentado nada rompió el silencio
-me gusta pensar que detrás de esa capa hay otra reversamente distinta. Acá buscamos un qué, tras la capa buscaríamos un algo. El cielo sería una metáfora de lo que podríamos llegar a ser; pero no es real. El universo sería el macro de esta dimensión y las demás dimensiones solo serían puertas de este mismo escenario. Bendito condicional, todo es posible-. Rieron.
Otro amigo continuó pensativo
-el tema está en que si es infinito lo que imaginamos, cuán infinito es lo inimaginario-. Se quedaron callados otra vez. Tuve que correr a contárselo a mi jefe.

-Miren, un gato negro -dijo uno de los chicos.

Los que revisan dos veces las cosas

Mariano llega a la parada del colectivo donde dos jóvenes esperan en el cordón de la vereda. Uno de los jóvenes estira el brazo para solicitar parada. Mariano hace lo mismo pese a ver que el ómnibus disminuye la marcha. Suben. Transcurren unos minutos y Mariano decide descender. Va la puerta trasera donde una señora toca el timbre. Mariano se para al lado y llegando a la esquina repite la acción de la señora haciendo que el chofer mire enojado por el espejo. Llega al edificio. Una anciana espera que baje el ascensor. El botón está iluminado en rojo, cual color de la espera inmediata. Mariano presiona nuevamente el botón. La anciana lo mira y bufa. Entran. Mariano controla que las puertas hayan cerrado bien y marca el piso sin consultar a la anciana: Número 3, coincidente a las veces que presionó el botón. La anciana lo mira. Mariano está apurado, casi que lo sabe. Departamento "B". La mano temblando complica la introducción de la llave en la puerta. Abre. Living pasillo dormitorio. Ahí está. Confirmadísimo. Pese a las explicaciones Mariano vuelve al living, donde está la salida al balcón. No necesita pensar la caída dos veces. Salta. Mal hecho.
Mariano cayó sobre un toldo, se quebró casi la mitad del cuerpo. Ni Clara ni Maxi le llevaron más explicaciones. Mucho menos chocolates.

una pizca de instante

prolijo en el rincón
silencioso, impecable
sutil
me espera me aguarda me usa
se deja
vuelve como un punto
como chispa
como luz
)es un mínimo espacio vacío(
que aparece dejando su marca
la sonrisa
el-es-ca-lo-frí-o
.
(o desaparece)
y se renueva
tan claro
el detalle

soñar con el desierto y un león de color negro

Soñé con un león que me perseguía hambriento en un desierto. Me corría muy de cerca, pero por una razón de sueños no podía alcanzarme. Parecía una huida eterna. Trepé en un árbol seco, enorme, que nacía en la arena y moría en el infinito. Trepé y el león saltaba lanzando zarpazos que pasaban muy cerca de mis piernas. Exhausto decidí descansar. Respiré profundo y el león comenzó a trepar. Como con una nueva capacidad el león trepaba fácilmente por el tronco y se acercaba sigiloso, desatento a las leyes de la gravedad. Aterrado volví a trepar, a correr en vertical entre ramas secas que se hacían cada vez más incómodas. El león era negro. Desesperado salté de rama en rama. Creo nunca haber sentido un estado de realidad tan intenso, una sensación de Ahora tan clara. Algo profundo despertó dentro mío, me sentí más vivo que nunca al borde de una muerte inevitable. Sabía desde algún lugar que se trataba de un correr sin fin, donde le león me alcanzaría en ese punto donde se unen las paralelas. Continué escapando hasta que sonó el despertador. El reloj era negro. Miré al reloj a los ojos, morí devorado y preparé el desayuno.

Cuando viene la ola

Con la llegada del calor y su sincronizada coordinación con las vacaciones, mi ciudad sufre una invasión extrema de personas. A estas personas las denominamos Turistas. Son los consumidores temporarios y responsables del ingreso económico que necesita la ciudad para su mantenimiento durante el año. Estos ingresos son inversamente proporcionales al capital necesario para la reconstrucción y reparación de las consecuencias provocadas por ellos mismos. Lo que me llama verdaderamente la atención es ese especial comportamiento de la ciudad como envase descartable. Con los primeros días de Enero la ciudad comienza a recibir a los turistas. Los acomoda verticalmente y conglomerados en el centro. A medida que se completan las cajas del centro, los turistas se diseminan hacia el macrocentro, hacia los extremos, hasta la periferia, hasta el borde. La ciudad se llena. La gente lo sabe y lo repite " que loquero esta ciudad ahora, se llenó de golpe". El tema es que sigue llegando gente. Más gente, más movimiento, más velocidad. Autos, bicis, bocinas, reposeras, corridas, frenadas, semáforos, heladeritas. La ciudad rebalsa. La ciudad comienza a escupir gente. Desde el borde, infinitos bordes, los turistas caen. Caen hasta la insolación, hasta la pelea en esquina, hasta la camioneta recostada en la esquina de mi casa, cortando la calle con los vidrios rotos. Caen fuera de los límites de un envase descartable maltratado.

Llega Febrero. Progresivamente por un embudo las personas acumuladas comienzan a salir en fila de hormiga por la ruta, fila india. Primera, segunda, freno, bocina. Primera, segunda. La invasión culminó. De acá, los papeles, la cuerda al reloj del aburrimiento, paz esperada para la paciencia de la reconstrucción. El turista vuelve a su casa a tocar la bocina. El de la camioneta no volvió.

Mientras otros entran a esta ciudad que fue casi virgen en Enero y es ahora una ruleta destartalada, le comento mi visión a una amiga que, de su particular manera, me responde lo siguiente.

Recorrido 3. El laberinto (Parte II)

Los linyeras me pasearon por todo el microcentro. Los seguí por plena calle Florida a la hora en que las corbatas salen de sus cajas y se sientan frente a una hamburguesa con queso. El sol pegaba vertical y los vagabundos iban unos tres metros delante mío, hablando en su mundo sin tiempo y olor a humedad. Yo quería escuchar su conversación pero sin levantar sospechas. Los seguía despacio, incómodamente despacio. Con el cansancio y el apuro de los yuppis volvió a mi el calor y la mochila y la incertidumbre. ¿Qué hago en medio de Buenos Aires caminando a paso de hormiga siguiendo a dos linyeras?. Tres hormigas lentas en medio del hormiguero. Hormiguero de asfalto, bocinas y terrazas. Hormigas de traje y corbata, hormigas con celular y hamburguesas con queso. No sé si el calor, no sé si el cansancio; mi mente viajaba en delirios interminables, de cajas y corbatas, de transformaciones en detective, hormiga o linyera. El paso se hacía insoportable, mis pies avanzaban por sí solos, casi sin avanzar. Sentí una incómoda domesticación, un esfuerzo a la resistencia sin ninguna razón clara. Recordé con ironía la transformación de Daniel Quinn en la Ciudad de Cristal de Auster. Ahora era Quinn, caminando por Buenos Aires completamente adormecido por el sauna de hormigón. Recuerdo que les escuchaba frases perdidas, que la logia es subterránea, que aprender a manipular el frío, que la observación sin límites. Por fin doblaron. Entre espejismos mentales presentía que ellos habían notado mi presencia, que me tenían hipnotizado en un ritmo pendular de tortuga, insoportable ritmo de carrito de supermercado y olor nauseabundo. Realmente me sentía raro, podría decirse invisible o como un tácito de una oración fantástica. De pronto pararon en seco, el hombre del carrito se quedo inmóvil. El otro se dio vuelta y me miró a los ojos. Me penetró con su mirada desde un lugar oculto, lejano. Mis ojos vencidos vieron que se movían los labios suavemente en una camara lenta que adormecía. El parpadeo se convirtió en un leve zumbido que se fue apagando lentamente. Creo que llegué a escuchar algo así como la curiosidad es fundamental en la condición humana justo antes de caer desplomado en la calle.


No sé cuanto hace que estoy en este lugar jugando con este anotador, este anotador rojo. Juraría que mi día había sido color violeta pero ahora es rojo. Jodido Auster, jodida suerte. Lo cierto es que no siento miedo, tal vez sí inquietud, una inquietud roja casi maravillosa o inentendida. Hace unos veinte minutos que entre cientos de vagabundos y tachos y fuego un señor de barba infinita me dijo bienvenido. No puedo creer lo que estoy viendo, anotador decime que estoy soñando.
¿Cuánto te separa de ser un árbol?
Empezá por la paciencia.

el punto de confluencia sin punto

Hay retazos, fragmentos, vagones, casillas, segmentos, fronteras.
Hay destinos cruzados, porciones, kilometrajes.
Hay sílabas, reglas, escuadras y dados.
Piezas de bordes imposibles.

Hay edificios, hay líneas, hay divisiones.

Hay teorías y palabrerío.
Formas huérfanas en limbos de materia
pero hay luz,

hay un todo indivisible

Recorrido 3. El laberinto (Parte I)

El laberinto me abre sus puertas. Allí las veo, por donde se cuela la luz de la calle y el ruido. Respiro profundo y me mezclo entre el resto, muchedumbre amontonada contra esa puerta de luz que nos asfixia, aprieta y escupe a la calle.
Una vez fuera, reacomodo la mochila y el aura. Como en otro escenario, quedo paralizado mirando las caras apuradas, preocupadas, grises. Por un segundo dudo que esa situación sea real. Luego sonrío por mi ocurrencia: qué sentido tendría saberlo si justamente es lo que decidí buscar.
Camino rumbo a la Plaza San Martín. En el corto recorrido me cruzo con especímenes propios de la magnitud de la ciudad, vendedores ambulantes con bolsos enormes, yupis con corbatas aún más enormes y policías vestidos de policías. En la esquina un stencil me llama la atención, en violeta pálido susurraba: cuando te perdés no me encuentro.

Cuando me senté en el banco de plaza seguía pensando en la frase de la esquina. Justamente en una esquina, porque podía ser a mitad de cuadra pero no, lo vi en la esquina y las esquinas tienen algo, como de lugar de encuentro o de primer beso o de cruce y que algo puede pasar porque las posibilidades se multiplican. El violeta pálido y la frase me hacían pensar en una chica, movida por el ácido del desencuentro o desamor, siempre "des" porque en el completo no hay reclamo y el stencil claramente era un reclamo, al menos grito desconsolado o de último recurso: cuando te perdés. A ella no le gusta que él (o ella) se pierda. No le gusta porque encuentra en el otro su encuentro. Esa unión de dos seres, combinación única e irrepetible entre los seres del planeta, le permite encontrarse. Si uno se pierde, el otro también. No es joda. Pienso en la chica cortando letra por letra una radiografía, pidiéndole al ferretero una lata de aerosol violeta, violeta pálido. Después, mientras él (o ella) está perdido seguramente en una esquina, ella sola, de noche en el laberinto se decide a apretar el pico del aerosol en Alem y Belgrano. En medio de una Buenos Aires furiosa ella confiesa sentir.

El sol en la cara me despabila. Hace unos cuarenta minutos que entré en el laberinto y me perdí en la historia de otros seres que ni conozco, o que quizá ni existen y son solo artilugios de la ciudad que me distrae y absorbe. Regresa a mi la afirmación de que no tengo la menor idea qué estoy haciendo en Buenos Aires. Sin embargo, tengo la sensación de que voy hacia algún lugar. Ya autoconvencido de un ir asegurado, juego unos segundos con los efectos de la vista que me produce el sol en los ojos. Veo lucecitas alredededor, seguramente sean efectos visuales pero quiero pensar que son vestigios de una realidad alterna de otro espaciotiempo. Sé que en esos momentos bordeo la cordura, pensamiento que seguramente es producto de la fotosíntesis y ese sol que me pega en la cara y me pone a pensar de dónde provienen las cosas. En ese momento pasan dos linyeras caminando con un carrito de supermercado repleto de frazadas. El más alto de ellos, descalzo, de saco y camisa violeta pálido le comenta al otro: ¿escuchastes alguna vez sobre la logia de los vagabundos?
No puede ser, pienso. Los sigo.

como a la par

Conozco a una mujer que cuando mira al mar, lo reinventa.
La veo caminar decidida, como si supiera donde va. De pronto se detiene, respira hondo, profundo, lejano. Sé que en ese momento ella es el horizonte, está recostada sobre la furia del océano. Lo apacigua, lo adormece. Ella también lo sabe, pero de una manera distante, como una respuesta sin palabras.
Esa mujer que conozco, retoma la marcha sabiéndose fragmentada. Ella sabe y yo sé, que una parte de su ser sigue en el horizonte, siguiéndola a la par desde el mar, revoloteando cerca, libre, sin líneas.
Ella camina mientras sus aros de madera juegan a ser viento. Ella camina lento desenredando el ovillo, frenando el trompo, de par al mar.
Sé por sus ojos que su norte es el sur. Sé por sus manos que su cielo es la tierra.
La veo acercarse, frenarse frente a mi. Con gracia se muerde el labio inferior mientras el sol resalta las pecas en sus mejillas.
Me levanto, la abrazo. Ella solo dice Hola. Hola, me dice y se ríe porque señalo el mar y su nombre termina justo ahí, donde empieza todo, en su cuerpo recostado en el horizonte.
Sin decir nada nos sentamos en la arena, sin decir nada discutimos la revolución, el misticismo, la química espiritual. Mi mente construye castillos que ella derriba en la arena, como tomando mis cables para atarlos a la raíz de un árbol. Me gusta que haga eso, porque desde la raíz tengo acceso a sus raíces, y en algunos instantes me permito desatar algún nudo para que un globo huya y se funda en el cielo.
Ella sabe de contrastes. Yo sé que sabe. Pero en ese tema no entramos, no hace falta. Simplemente seguimos en silencio como a la par, como después de un beso. Ella señala el mar. Hola, me dice, y vuelve a reír.

espejismos


miro por el cristal
veo el misterio

(un tesoro perdido en sí mismo)

el secreto de una isla sin mar

viento pirata del cielo

grito en la oscuridad

intenta borrar las marcas

cicatrices de arena y de sal

pero sobreviven los símbolos

(mientras)
el agua escribe en cursiva



*dejo el cristal en la arena, el desierto se apropia de mi: náufrago en las marcas de un tesoro perdido.

Recorrido 2. De sueños y trenes

Llegué al tren unos cortos minutos antes de que comenzara a moverse. Todavía algo aturdido, me senté de cara a la ventanilla y me dejé hipnotizar por el sonido de vías y rieles.
Todo el cansancio apareció de golpe. Con él llegaron las preguntas. ¿cómo? ¿por qué? ¿qué estoy haciendo?.
Entre la locura, los sueños y la vigilia había tomado decisiones apresuradas, como elegidas por una mano invisible que ya sabía lo que tenía que hacer. La cuestión ahora es entender de donde apareció esa mano o a donde me quiere llevar. Tengo el presentimiento de que tengo que resolver ese acertijo antes de estar ahí. Pero ahí no tiene nombre ni cara. O sí, pero no ahora. Ese no saber y dejarme llevar son una combinación peligrosa, mucho más sumadas a las coincidencias y fábulas cotidianas. Y la mano y los rieles y los sueños.
El pensamiento se apoderó de mis fuerzas tomando rumbos claros, la obligación de pensar, de responder, la chica y los colectivos, las decisiones que me pusieron en este tren casi tan solo como en el destino, donde nadie me espera ni sabe de mi, donde no espero que nadie me espere. En el destino no espero a nadie, solo el destino me espera casi elocuente, con su cara más gris y un reloj de arena que cuenta grano a grano seis horas interminables, donde el pensamiento se hace dueño de un estado de ensueño y frío y esa mano que me obliga a pensar en esa mano, en mis fábulas y el destino es Retiro y esa cara gris se llama Retiro. Destino y Retiro y mis fábulas juegan ahora con las palabras y el paisaje repetido me adormece y esa mano se hace sueño. Un segundo antes de caer rendido al teatro pestañas dentro, recuerdo una última frase casi lúcida: ahí será más fácil de oír.
Ese estado de sueños ciertamente en sus amplias y casi infinitas posibilidades, podría decir libertinaje inconsciente, posee la capacidad de decirme todo al mismo tiempo y de todas las formas, hasta sin decirme. En el momento en que propongo esto, me creo despierto y el juego comienza nuevamente. Veo fichas. Veo fichas dispuestas paralelas en una ruta infinita, verticalmente consecutivas donde soy tácito, simple observador. Cada ficha es igual a las otras y sin embargo me dicen cosas distintas. Me transmiten escenas de mis días, detalles, recuerdos. La mochila, el portazo, la psicosis, la mirada, las manchas de pintura, el taxi. Las veo, a todas las veo al mismo tiempo, como una muerte temprana, suerte de filología de mi propia historia veo a la mano divina dibujar instantes. La mano es mía y ahora derriba la primera ficha y una vez más vuelo sin ojos detrás de un efecto dominó, una ola interminable de ondas infinitas y el viento y la temperatura. Sigo detrás de cada ficha cayendo, siempre detrás y esa mano ahora tira de las cuerdas y un yo marioneta corre cada vez más rápido tratando de anticiparse a lo que viene, desatándose del tiempo y la distancia. Ahora la ficha siguiente es el tren, y el ensueño y el buscar la explicación a la serie incompleta, lógica incomprendida que me lleva a seguir persiguiendo escenas a un ritmo intolerable, que ahora me llevan a un túnel y la velocidad imprecisa en la oscuridad me pierde me aturde me afiebra. Veo la salida, el fin de las cuerdas, el nombre de la mano, casi estoy ahí. Sin embargo entender y comprender son cosas distintas. Una vez más esa sutileza del azar en decir basta justo un segundo antes. Plaf.
Un brazo en ángulo recto ejerce una fuerza descendente y el sonido de una bocina se mezcla con la fricción del tren frenando sobre los rieles oxidados.
El reloj de arena dijo basta. Nuevamente lo doy vuelta. Hola Buenos Aires.

Recorrido 1. Imaginario cotidiano

Me gusta que quedes quieta en mi plano visual mientras el fondo cambia constantemente.
Me gusta que no sepas que te estoy viendo, entonces te dejas llevar por los gestos reales que te marca la piel y veo esas caras que nunca vi.
A decir verdad es la primera vez que te veo, pero vos entenderás que es como de toda la vida. Quizá nos conocimos en una vida pasada, me gustaría saber si vos crees en esas cosas. Me gustaría saber también que música vas escuchando y transformarme en ella, que entra por los oídos y lentamente se desliza por tu mejilla, baja por tu cuello para subir al saquito azul que sirve de puente desde el hombro hasta la muñeca, ahí en la música se baja y toma control de tu dedo índice que se mueve como aceptando un ritmo parejo y divertido. Ahh la música, sin hablarte sé a donde te debe llevar, igual que el cine, igual que un libro a la noche. Sé también que te darías cuenta que a mi me lleva al mismo sitio y no te haría falta preguntármelo, porque ambos lo vemos en nuestros ojos aunque no me mires aún, vos estás en trance con la mirada en los árboles, yo en los árboles reflejos de tu mirada.
Debo admitir que me incomodan un poco las señoras que se cruzan entre vos y mi imagen de vos. Digo señoras para englobar al público en general sabés, porque precisamente en este colectivo hay personas de toda clase, edad y partido político, pero son precisamente las señoras con carteras y bolsas con pasta frola las que me hacen perder el juicio de lo que estoy viendo. Me molesta un poco cómo me miran, como asustadas por el solo hecho de llevar una mochila grande. No voy a explicarles que me voy a tomar un tren a Buenos Aires, pero se los gritaría en la cara para que dejen de chistar y simplemente me pidan permiso cuando tienen que pasar al lado mío. Me encantaría dejar de usar el verbo condicional y tratarte de vos a la cara, contarte estas cosas, jugar a dejar caer la mochila y contar los bufidos o simplemente adivinar que personas que nos rodean gustan de los caramelos media hora, cuales toman mate amargo o a quienes no les gusta planchar.
Vos seguís ahí perdida mirando al sol, sin percatarte como yo de tu dedo índice que casi con vida propia deja de marcar el hi hat para correr ese rulo castaño que te hace cosquillas en los ojos, suavemente lo acomoda tras las orejas y el sol te pega en la mejilla. El dedo vuelve a su lugar inicial, el rulo hace lo mismo, tu mirada nunca se fue. Tu mirada esta ahí, perdida entre casas o historias o recuerdos. Me gustaría saber que está pasando ahí detrás de tus ojos, jugar a la imaginación.
De pronto la mano de dios en su metafísica cotidiana se hace presente: Una señora le comenta a su voluptuosa amiga que no se tiene que guardar las cosas, "el tren pasa una vez sola querida, mirala sino a la Esther que se quedo sin el pan y sin la torta". En ese instante un señor de mirada cansada y ropa con pintura se levanta a tu derecha dejando el lugar libre, casi con mi nombre.
Me paro. Me siento. Te miro.
_Hola
_Hola. Y el sonido de esas cuatro letras, digo cuatro porque cada una fue eterna y la H fue precisamente la más sonora, fue una máquina del tiempo. Te diste cuenta. Mis rasgos y mi barba seguían alrededor de mis veintitrés años, pero las manos y la voz se fueron de golpe a unos seis y un brillo de tus ojos desde lejos me dijo ya lo sé, no me importa, me gusta.
Luego de ese entendimiento, la conexión fue inevitable. Conversamos fluidamente y me tomaste la mano. Recuerdo que en una esquina, casi llegando al mar, el colectivo estaba vacío. Recuerdo que ni siquiera nos sorprendimos de que no había ni pasajeros ni conductor y ni vendedores ambulantes. Ni siquiera nos percatamos de que el colectivo estaba volando sobre el mar. Nos mirábamos a los ojos. Te miraba, me mirabas. No éramos ya dos. Éramos algo, infinito, universal, un ente telepático que no necesitaba ya acercarse porque no existía la distancia, mucho menos el tiempo.
Nos besamos. Sonreímos. Fuimos un momento sin nombre.
Pero claro, si los momentos sin tiempo no son para esta dimensión qué puedo esperar para el recorrido del 62.
Abrí los ojos. Tu lugar lo ocupaba la señora amiga de la Esther. Vos te habrás bajado un par de cuadras atrás, no muchas. Yo en estas nubes de colores perdí la noción del espacio. Me pasé. Perdí el tren, una vez más.
Debo admitir que me quede con ganas de saber tu nombre o al menos de escuchar tu voz. Me quedo con tu índice haciendo volar al colectivo sobre el mar, me quedo en tu música y me deslizo por tu mejilla, por tu saquito azul desde el hombro hasta la muñeca y me bajo.
_Dónde estoy??? Taxi!

Recorrido 0. Desfragmentación

Existen personas que en la vida diaria hacen de la subjetividad una trágica obra de arte utilizando las palabras de una manera digamos especial. Digamos digamos.
Estos seres, a veces sin saberlo, transforman un simple pedido en una orden, un comentario en un juicio, un halago en un insulto. La elección de cada vocablo, la pausa entre palabra y palabra, la acentuación, las manos, las cejas, un guiño. El ser se transforma en la frase en la opinión en la manipulación, desde la palabra, de la situación completa.
Una característica fundamental que suma a esta observación, es la sutileza casi etérea (perdón el termino) en que cada opinión se encuentra envuelta. Unas pocas palabras al aire, traspasan los oídos como un suspiro, dandelion, palabras inmateriales voladas como el aire mismo, una pequeña vibración. Adentro, la catástrofe. El receptor, a veces también sin saberlo, es víctima entonces de un caballodetroya vestido de sílabas. Por lo general, en un primer término, la víctima se convierte en el dueño de la responsabilidad de responder. Esta respuesta debe ser elegida con sumo cuidado previniendo las posibilidades de lo que puede sucederse inmediatamente después. Quizá puede llegar una pregunta, quizá el silencio. Pero el caballo está dentro, nueva información cargada y recargada de subjetivo juicio, qué más da positivo o negativo. Son palabras y todo lo que conllevan.
Hay cierto tipo de consultas o cuestionamientos que son especialmente complejos: los de afirmación o negación. Una persona pone a otra en el banquillo cotidiano de obligarlo a decidir entre los dos polos, o uno o el otro. Esto genera automáticamente reacciones múltiples en el receptor, que rápidamente debe responder, en algunos casos hasta fundamentar, a la cuestión en sí. La obligación tácita de responder, de emitir aunque sea al monosilábico y tajante adverbio de negación, se torna en muchos casos insoportable, lo que puede llevar a cualquier individuo a la desesperación y/o locura ante la pregunta más ínfima.
Estos seres hábiles en retóricas de sobremesa, conocen de su capacidad. Si bien dijimos que en algunos casos lo hacen inconscientemente, saben observar el resultado de sus frases, cuando no de sus opiniones. Receptores acorralados se disfrazan de opinólogos y se enredan entre palabras, tiempos verbales, a veces con nombres de filósofos o el recorrido del 62.
La gama es amplia. Las palabras todo lo pueden, si no lo pueden lo inventan, si no lo inventan existe. Esta existencia genera un perverso deseo en la mente de los manipuladores. Ellos ávidos en el uso de la palabra, suelen admirar la naturalidad transformándose en búsqueda desesperada de un distraído cualquiera. Llega la pregunta, un comentario abre la puerta correspondiendo a la conversación, luego más signos de interrogación hasta que en un quinto round quién se interesó en un primer momento en una cuestión que parecía banal, se encuentra atado entre las leyes de la conversación, obligatoriamente debe responder siendo observado por un interrogador sabueso sediento de gestos y originalidad. Una gota de sudor, dos manos que se encuentran, un vaso con agua. El sabueso intenta ver a su amo en esas acciones. Ve a otro ser caminando sobre lo que siente que quiere/debe contestar, con escasas herramientas buscando en el mundo infinito de lo desconocido la palabra correcta que corte con la conversación. El sabueso no sabe de buscar en el espacio, es un perfecto mecánico de silogismos y frases de buen ritmo y entonación, de pausas y miradas que sugestionan, sabiéndose incapaz de acceder al arte del silencio real, de la sorpresa infantil de ver una hoja a trasluz, de la tontería de maravillarse con lo más ingenuo.
Estas características de la interpretación de los manipuladores, no son otra cosa que una cadena de la cadena de la evolución de denominar las cosas por su nombre, de hacerlas desaparecer en su aparición, de "esto no es una pipa".
En definitiva, esto no es una frase. Esto es en sí mismo, una contradicción: el desvelamiento de algo que desaparece al levantar el telón, justamente por crear el telón. Esto es el arte de borrar con el lápiz y el silencio, de un juicio cotidiano y público dónde el juez y el acusado buscan lo mismo de dos maneras absolutamente distintas. El saber y el sentir se miran a los ojos, en una causa donde la palabra es la firme prueba de lo no es, pues a veces se torna improductivo el uso de letras para ciertas cuestiones, ya lo dijo Magritte, que seguramente ni siquiera sabía por donde para el 62. Menos mal que yo si. Me subo.